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En la obra abstracta, el autor propone un camino de
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Inicio: algunas ideasLa escultura es una disciplina en la que el valor estético cobra una dimensión absoluta. En la obra abstracta, el autor propone un camino de pensamiento que deja abierto a la contemplación para que el objeto seduzca y evoque. En la obra figurativa, el dictado literal de lo narrativo reduce la posibilidad de desviarse de lo que la obra, desde un punto de vista estricto, quiere comunicar. La obra abstracta suele tener algo de enigmático. La casa: las luces y las sombras(Extracto de la charla desarrollada en Espacio Bop en Octubre de 2008) El viento, el número, la lenta velocidad de lo mineral, el leve sonido de las raíces hundiéndose bajo nuestros pies, un aroma que llega de lejos, el sonido de los grillos que organiza y confiere dimensión al espacio por la noche. El ámbito visual que nos rodea goza de cierta borrosidad. Existen vibraciones en nuestro entorno que acusan determinadas presencias. Son de otro orden (no visual). Vibraciones que percibimos y que vienen a completar nuestra realidad. Si estamos atentos podremos desvelar aquellas pulsiones que no son fantásticas o ilusorias. Se pueden extraer muchas relaciones sensoriales del medio físico que organizan y definen una realidad enormemente compleja. De todas ellas iremos extrayendo significados con los que alimentar la experiencia. A través de la contemplación del paisaje se accede a una forma de conocimiento y sabiduría. De la observación atenta de sus formas y su geometría, de los olores y de los sonidos que allí se producen, el hombre va nutriendo su pensamiento, va extrayendo significados que procuran un acercamiento a la comprensión del mundo; todas estas presencias se van insertando en las diversas capas de la mente para tramar el tejido del conocimiento. Quiero fijar con claridad el concepto de paisaje al que me refiero, como el lugar donde se habita y se construye la vida; allí donde el hombre es, el paisaje está. Sean vastos espacios exteriores dotados de profundas perspectivas o umbrías cerradas en las que todo se hace observación interior. O bien espacios interiores: desde la gruta o el laberinto, a la casa, espacio diseñado y arquitectónico. En todos ellos el paisaje visual, acústico, táctil etc, existe y es susceptible de contemplación. La casa, título de esta charla, es el elemento mínimo que construye la ciudad. Compuesta por muros macizos que protegen, ventanas que los hacen permeables con el exterior, techumbres que generan vacíos, ritmos geométricos, ecos y sonidos propios o grados de humedad. Son espacios que pertenecen al hombre y que son habitados, vividos y sentidos por él. La casa adopta infinidad de formas, colores y proporciones. Está presente bajo la luz radiante del sol, y en la oscuridad de la noche. Es sensible al paso del tiempo, adquiriendo pátina y dignidad. El muro que la construye es cóncavo, produce cueva cuando alberga y protege; convexo cuando lo vemos en el exterior, desde el jardín o desde la calle. El vocablo "inefable", que cita muchas veces Borges, comprende el vasto mundo de lo que no se puede contar con palabras: uno de los planos sobre los que el hombre se mueve constantemente y sobre los que el arte se fundamenta en toda su expresión. El arte trabaja proponiendo signos que tienen que ver con ese concepto de lo inefable. Signos que se descifran tras una sosegada contemplación de la obra y que van directos al plano de lo sensible, de lo sensitivo, de la intuición y de la emoción. Todos estos modos de percibir sin lenguaje enunciativo son cualidades que lo intelectual no puede expresar más que de esta manera. Bastan unos pocos signos para que la pieza -escultura, pintura, baile o poema- trascienda al mundo universal de elementos y referencias sensibles. Existen numerosos invariantes, expresados en imágenes que pertenecen a lo más hondo del alma humana: conceptos puros con unas resonancias que nos hacen vibrar y que se expresan con dificultad, con cierta inefabilidad; me refiero a elementos contenidos en la memoria. La lluvia sería uno de ellos. La lluvia -decía Manuel Vicent- es una categoría del alma. Efectivamente. Ese concepto me lleva a un tiempo pasado algo perdido en mi memoria y a un espacio concreto: el patio del colegio en el que sobre un charco de agua limpia caía una suave lluvia que provocaba circunferencias que se chocaban y desaparecían. Cualquiera al que se pregunte sobre ella, contará recuerdos de visiones más o menos difusas referidos a momentos vividos con mucha intensidad. La casa me servirá de excusa para explicar una serie de conceptos que tienen que ver con la escultura y con el proceso de creación; con la génesis y la praxis que producen una obra. Cita Gastón Bachelard un poema en el que se evoca la casa en la que se ha vivido en otra época y que es recipiente de recuerdos vagos, de un pasado en el que hubo intensidad en el sentir; dicen así los dos últimos versos: "...una extraña casa que se guarda en mi voz. / y que el viento habita". Esta idea del paso del tiempo, la memoria y la contemplación de un paisaje arquitectónico (la vida) en otro tiempo, me ha servido para desarrollar en escultura una serie de ideas que aparecen descritas en las páginas siguientes de este libro. La casa provoca imágenes de carácter abstracto en el recuerdo, que juegan en el plano de la emoción; la escultura traduce estas emociones de la memoria al lenguaje propio y genera imágenes preciosas, levemente veladas, que evocan el lugar o los momentos determinados de esta ensoñación. Como en un espejo, recuerdo y escultura se reflejan; ambas imágenes pertenecen a una cierta homología. Las claves para comprender la escultura se encuentran en el interior de quien la contempla. De esto me interesa mucho hablar. Es en estos dos planos donde la obra de arte se mueve constantemente. Los muros que componen la casa se encuentran sometidos a la acción de la luz. Se producen espacios en penumbra, en sombra y en absoluta oscuridad. Nada hay más precioso que un paseo por alguna zona rural cuando se ha apagado la última claridad del cielo y todavía no se han encendido las luces. Todo se hace misterioso y profundo. La noche con sus sombras impregna el paisaje. Es entonces cuando se agudizan los otros sentidos y percibimos con más nitidez el espacio: el espacio oscuro. La luz y la sombra están siempre dentro de nosotros. Contaré una experiencia mía de cuando yo era pequeño, muy pequeño; tendría siete u ocho años. Estaba en Andalucía, en Isla Cristina, un pueblo que entonces era de pescadores. Alguno de mis mayores me mandó a comprar tabaco a un bar. Serían las cuatro de la tarde, la hora de la siesta, las calles del pueblo estaban desiertas. La luz del sol reflejada por los muros encalados, obligaba a caminar con los ojos casi cerrados. La diferencia de luz entre la calle y el interior era enorme. Tras la cortina de varillas, la puerta del bar anunciaba un espacio en penumbra. Entré en el bar. Un bar próximo al puerto. En el interior se estaba produciendo una situación de mucha intensidad que me dejó paralizado durante un rato largo: delante de mí, apoyados en la barra dos hombres semidesnudos, descalzos. El uno le cantaba al otro un cante flamenco (posiblemente una soleá); delante de ellos unos vasos con vino y el camarero atento al cante que aquellos marineros de piel curtida y dientes negros estaban produciendo en ese momento; yo aquello no lo conocía. Me quedé extasiado. Esta estampa me sirve ahora para hilar un asunto de luces y sombras y de situaciones enigmáticas como fue la vivida en aquella ocasión. Relataré este mismo acontecimiento de otra manera: El niño camina por la calle bajo el sol. Los muros encalados: la luz. De pronto entra en un bar oscuro donde algo se está produciendo: la sombra. Unos marineros cantan su poética desgarrada: otra vez la luz. Y lo hacen detrás de unos vasos de vino, bajo el efecto de una cierta embriaguez: la sombra. El camarero y el niño atienden absortos al espectáculo, inundados, una vez más, de luz. Aquellos muros que pertenecen a un recuerdo particular, son los mismos que se pueden encontrar en cualquier lugar. Sólo hay que estar muy atento para percibir las líneas de sombra que triangulan los lienzos encalados, que generan geometrías que pueden contener ritmos y composiciones plásticas ciertamente musicales. La escultura está hecha para contar cosas. Primero se produce la necesidad de expresar una idea. Tras la idea, la técnica se pone en marcha y surge la narración, el relato, la obra. La escultura surge por tanto de una necesidad. De algo de lo que es imposible sustraerse. En ella aparece la huella del trabajo y queda impregnada de cierto misterio. Ante una escultura, uno se queda perplejo y surgen muchas incógnitas: qué se está contando, cómo late la doble relación entre ella y yo; quién mira a quién. En qué momento se produjo la idea que generó tal elemento; cuáles fueron los motivos para tal expresión; qué fuegos y qué sonidos hicieron posible esa forma o quienes pusieron antes que yo su mirada, dejando sobre ella una huella casi imperceptible, como una pátina, que la ha hecho mejor. Una escultura que contiene poder evocador está cumpliendo su fin último, que no es otro que la representación de lo más esencial del hombre. Los deseos, las necesidades, los miedos que le preocupan son los fundamentos narrativos de la escultura desde el principio de los tiempos. El muro y la memoriaEl paisaje se abre a mis ojos. La extensión del terreno que tengo ante mí se compone, a primera vista, con unos pocos elementos: una tapia, algo de vegetación, algún pájaro, la luz...Esta estructura visual que percibo intensamente a través de la mirada sería incompleta si no se conjugase con otras sensaciones quizás algo más sutiles y complementarias: el paisaje se puede oír; en esta estampa percibo los pequeños movimientos del aire que hacen vibrar las hojas o mueven la arena del suelo, tal vez el trino de un pájaro a lo lejos o el canto de la chicharra que acompaña las cálidas tardes. El sonido confiere al paisaje una dimensión de profundidad que viene a completar la perspectiva percibida por los ojos. Pero, además, si estoy atento, el aire trae hacia mí cierta mezcla de olores de otros elementos que están ahí delante y que acusan presencias que no puedo ver. Frente a mi mirada aparece una página escrita que puedo leer. Está compuesta por signos que habrán de ser descifrados. ¿Qué narración me propone la contemplación de este lugar? Sin duda en lo que observo, aparentemente estático, no hay nada inmóvil. Fuerzas invisibles generan movimientos o tensiones de la más diversa índole. El viento que arrastra partículas de arena o polvo que se irán depositando con el devenir del tiempo y que cambiarán definitivamente el aspecto que ahora presenta. Algún animal también está presente en este fragmento del espacio; si estoy atento podré descubrirlo; tal vez un reptil o insectos viven en este paraje y transitan por él; casi inmóviles, acechan a sus presas, se esconden entre las grietas del muro o buscan alimento. Estaban mucho antes de que yo prestara atención y permanecerán cuando mi atención se encuentre en otro lugar. Las raíces de la planta que corona la tapia se hunden entre las fisuras del material tratando de extenderse para progresar en su vida. Otras formas de vida distintas a las biológicas están presentes en este fragmento: dentro del muro, dentro de su propia masa, un sinfín de tensiones generan la estabilidad y la cohesión que necesita para seguir en pié. El suelo que soporta esta imagen también empuja en diversas direcciones; lo hace a la velocidad de lo mineral, de lo geológico, con enorme lentitud, y produce un movimiento imperceptible pero cierto. Las luces y las sombras, cambiantes, o la temperatura captada y reflejada por el muro y la tierra son más signos variables que generan narración en este cuadro presente. Puedo contemplar el muro de una manera instantánea o durante un buen rato. El efecto en mi mente será diferente. En el primero, instantáneo, abro y cierro los ojos y mi mente se queda impregnada por unas geometrías y unos colores vagos. La memoria los atrapa y los hace fluctuar en el pensamiento durante un tiempo. La impresión ha quedado registrada. Es la imagen (imagen-imaginación) la que narra. Lo hace de una manera precisa. Este paisaje lo reconozco en otros paisajes de mi recuerdo que pueden ser similares pero que jamás serán idénticos. Si observo la escena más largamente, me recrearé en los detalles las luces y las sombras, los pliegues y las fisuras, las hierbas que crecen en la base y la arenilla que compone el muro. Esta mirada detenida, más evocadora, me acerca recuerdos precisos contenidos en lecturas, pensamientos, películas o arquitecturas. Esta visión interior cargada de luz y de sombras, de aromas y sonidos, podrá ser el germen gráfico de una nueva obra. Servirá para trazar sobre el papel unas líneas de representación; una suerte de perspectiva que interpretará algo extraído de la memoria reciente y que posiblemente se habrá de convertir en líneas y superficies. En ese momento en que dibujo casi con los ojos cerrados estoy creando el armazón plano de de una visión cerebral modelada por esta visión y por otros recuerdos que se mezclan, instantáneos, en la mente. Esta representación será una abstracción pura de la realidad. Tendré entonces la imagen real (esencial) de un paisaje imaginario, por tanto, un paisaje mental. La contemplación del muro coronado de vegetación, sobre él, el cielo enmarcado y tal vez el vuelo de los vencejos contra una nube blanca, habrá sido el origen de una nueva idea. En la mente se habrán producido conexiones nuevas. Si hemos contemplado con intensidad y concentración, se nos abrirá una gran cantidad de posibilidades de creación artística. No hay nada inmóvil. La escultura: el trazo gráficoLa escultura que he desarrollado estos últimos tiempos expresa en clave abstracta sentimientos profundos del hombre ante situaciones espaciales concretas. Son esculturas que generan espacios vacíos. El espectador se sitúa ante ellas y las recorre con la mirada. La soledad transita entre sus pliegues, entre sus calles, como en una ciudad soñada y desierta. El ojo queda atrapado mientras el observador gira entorno a las piezas y descubre nuevas perspectivas. La abstracción se hace vivencia y crea metáfora. El hombre se encuentra en un espacio real -un espacio físico: la calle, el jardín, la cueva- en el presente que le ha tocado vivir y del cual no puede salir nunca; al otro lado se encuentra el otro espacio, en el que no está ni estará jamás. (El hombre está donde no está, comenta el poeta francés Jouve). Y desea hallarse allí, donde no está; son lugares que intuye y desea; los percibe desde su memoria atávica. Cuando llega a él, aquel espacio en el que estaba ya no le pertenecerá y será el otro el espacio deseado. El hombre pasea por los laberintos de su vida y busca nuevos senderos, toma diferentes direcciones en una búsqueda permanente, a veces pretendida, a veces casual. En el camino desarrolla su vida. La necesidad de geometrizar el universo dentro de la imaginación es vital para el conocimiento. Si no se genera el concepto espacial en la mente no es posible la imaginación (la imagen como representación de las cosas percibidas por los sentidos). La representación de lo esencial desde los primeros tiempos del hombre fue la abstracción de la realidad. Un gesto gráfico trazado en la pared de la cueva era la señal de la existencia de caza; era la representación plástica de una realidad mental. En estas esculturas propongo una la dialéctica entre lo que está dentro y lo que está fuera. Se componen de espacios interiores y exteriores limitados por elementos de masa. Entre estos siempre se sitúan barreras, sean físicas (el hierro) o etéreas (el paso), que obligan al hombre a permanecer en uno u otro espacio pero nunca en dos a la vez. Las esculturas buscan geometrizar el pensamiento en el espacio en el que se produce la vida. Son juegos en los que el ojo transita por arquitecturas asombrosas. Los nombres de las esculturas sugieren situaciones espacio-temporales de momentos de la existencia. De ésta manera surgen títulos como "el laberinto del loco", "Pasos perdidos", "Caminos de África", "La casa"... La abstracción que proponen estas esculturas queda desvelada cuando sobre ellas reflexionamos en clave arquitectónica; en ellas imaginamos a un hombre que deambula por el espacio cerrado del jardín, que reposa en sus soledades sentado en el suelo con la espalda apoyada en el muro. El hombre que cuenta sus pasos y mide el espacio conforme camina. En el paseo gasta el tiempo que le ha sido dado. Me interesa hombre que mira el rayo de sol detenido en el umbral de la puerta, a la entrada de su casa. Esa luz destellante hace mayor la frontera entre el interior y el exterior; entre el lugar privado de la casa, ámbito de su ser más íntimo y el vacío exterior donde puede perderse hasta fundirse en el horizonte. Es en el binomio dentro-fuera, donde residen dos de los elementos fundamentales de la experiencia humana, así cuando escribimos: En el claustro todo reposa Sólo el rayo de sol en el umbral estamos haciendo referencia a un tiempo que fluye desde el interior más íntimo y que se proyecta desde el espacio de la arquitectura que nos abriga. Aquel pensamiento de J.L.Borges en el que comentaba: ..."la lluvia es algo que sin duda ocurre en el pasado"... Frente a este hombre interior, intimo, encontramos aquel que recorre el espacio exterior. El hombre en el momento presente, el que nutre a su propia biografía de contenidos experienciales intensos. El que observa, pura necesidad, el paisaje y lo hace propio. El que convierte la naturaleza en su espacio, también, íntimo, para abrigarse con él y poder seguir existiendo. Juan Ramón Jiménez expresa el amanecer en el paisaje de ésta manera: ¡los álamos de plata, En estas obras cuento el paseo esencial de Richard Long cuando en un paisaje solitario y brumoso crea su obra titulada "caminando un círculo en Ladakh" cuando comenta: "el tiempo pasa, los lugares permanecen". En esta frase expresa el diferente transcurrir del tiempo en existencia del hombre y del lugar. El paisaje permanecerá quieto para la contemplación aunque con un cambio constante de sus atributos: luz, color, nubes, follaje, etc., mientras que el tiempo transcurrido en el paseo será inevitablemente más corto. Los conceptos asociados a la soledad y a la memoria están presentes en estas piezas en las que las pátinas del hierro, la piel de la escultura, evoca objetos percibidos por los que el paso del tiempo ha dejado una marca que anuncia su antigüedad; aquellos conceptos que asocian el recuerdo de un tiempo vivido y sus resonancias en la memoria: Esta tarde, |
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